Nuestra historia empieza a muy temprana edad, cuando Mario tuvo una primera reacción después de la vacuna de la hepatitis B con fiebres muy altas que los médicos no supieron tratar. Le pusieron un antibiótico, pero a los 20 días ya tuvimos que regresar al hospital porque algo no iba bien. Mario no respiraba bien.
Después de muchos meses de pruebas nos dijeron que Mario era sordo y tras una resonancia magnética fue candidato para un implante coclear. Nos dijeron que Mario necesitaba ser operado cuanto antes. La noticia de tener un niño con sordera profunda nos dejó como padres bastante hundidos, pero lo peor estaba por llegar. Con dos años, Mario fue operado para el implante coclear y, después de esa primera intervención, mi hijo perdió del todo la sonrisa y el contacto visual.
Hizo un cambio muy potente y con dos años y medio llegó el diagnóstico de autismo. Las medicinas a veces pueden ser muy necesarias, pero también fallan y cuando llega ese fallo te ves muy solo. Lo que hemos visto con el tiempo es que Mario no nació sordo ni tampoco con autismo. Su situación se fue agravando conforme la medicina iba haciendo lo que podía con él, pero no entendía realmente la causa profunda de su malestar y todo lo que le ocurría. Luego te das cuenta de que tanta medicación, antibióticos, ibuprofeno, sedación y un montón de historias que hay en una operación aumenta mucho la toxicidad del cuerpo.