Yo no relacioné, hasta mucho más tarde, esas enfermedades surgidas siempre después de las vacunas: bronquiolitis, neumonías de ingreso hospitalario, otitis de repetición, dermatitis, psoriasis, alergias alimentarias, etc.
El sistema no quiere que pensemos que las vacunas son la causa, pese a que está indicado en prospectos y fichas técnicas. Quizá por eso nadie nos los da a leer.
Nos han hecho creer que las vacunas son “seguras y eficaces”, pero no lo son. Ni lo uno ni lo otro. Nos dijeron que sólo cosechan beneficios y que es ciencia, que han salvado a la humanidad. Y es mentira.
Dejé de vacunar a mis hijos de algunas vacunas del calendario recomendado cuando me enteré en 2010 de que algunas vacunas contenían líneas celulares de fetos abortados. Pero después de salir del shock y comprobar que era cierto, me dediqué a buscar en otros países las que estuvieran fabricadas de otro modo.
Entonces nació mi cuarto hijo, en 2014, quien tuvo una grave reacción en su piel tras tres pinchazos con múltiples vacunas que no me preocuparon porque no declaraban tener esas líneas celulares humanas de feto abortado entre sus compuestos. Ahí fue cuando me di cuenta de la gran cantidad de aluminio que había recibido en su cuerpecito a través de esas vacunas que le pusieron a los 2 meses de edad, ¡más de un miligramo de aluminio! ¡Terrible!
Sólo mi quinto hijo, nacido en 2019, ha tenido la suerte de librarse de todas las vacunas porque yo ya había leído e investigado todos los componentes tóxicos, neurotóxicos, cancerígenos y mutagénicos que llevan. Y sólo mi quinto hijo es el único que se ha librado de todas esas enfermedades que sí han tenido y tienen sus hermanos. Tampoco ha precisado de antibióticos ni de paracetamol ni de ibuprofeno. No se pone malo. ¿Salud de hierro? Más bien, ¡salud sin vacunas!
El darme cuenta de cómo el sistema nos engaña me llevó a investigar y a divulgar la verdad y todo aquello que no quieren que sepamos. Estoy segura de que *La voz de los padres* ganará esta guerra que nos han declarado.