Cuando llevé a mi hija al pediatra en sus primeras visitas, nadie me informó de los ingredientes que se le inyectaban, ni de sus consecuencias. Su sistema inmune no estaba desarrollado ni su barrera hematoencefálica cerrada, pero eso no fue inconveniente para inyectarle aluminio en altas cantidades (neurotóxico), polisorbato 80, formaldheído o incluso células de fetos abortados, entre muchos otros.
Es muy duro como padre o madre descubrir que ni los propios pediatras o enfermeras saben lo que hacen, y que no lo saben porque el entramado farmacéutico se encarga de que no lo sepan. Descubrir todo lo que no nos cuentan y sus consecuencias, ha sido una de las experiencias más duras que he vivido, más cuando hay que lidiar con una sociedad completamente dormida. Lo único que sé es que la solución pasa por sobreponernos, empoderarnos y entender que aunque duela, esa es la única cura. La voz de los padres está ganando la batalla. Núria